
La noche olía a pólvora, a mar y a promesas que se disuelven en humo. Como cada 23 de junio, el cielo de la costa mediterránea se cubría de chispas y risas, de hogueras que crepitaban con la emoción de lo que se deja atrás y lo que está por venir. Pero entre las llamas de una de esas hogueras, vi algo que me heló el alma en plena noche de fuego: una vieja alacena de nogal, ennegrecida por el humo, crujía lentamente al ser devorada por las brasas.
Alguien dijo, entre caladas y tragos, que venía de la casa de su abuela. Que llevaba años en el trastero y que ya no pegaba con la nueva decoración escandinava. “Era muy grande, olía a cerrado”, justificó. Y yo me quedé mirando cómo se deshacía en chispas lo que quizá fue tallado a mano hace casi un siglo.
Los muebles antiguos no son solo trozos de madera. Son cápsulas del tiempo. En cada arañazo hay una anécdota, en cada bisagra oxidada un gesto repetido durante décadas. Muchos fueron hechos de maderas que hoy están protegidas: caoba de bosques amazónicos ya talados, palo rosa, teca de árboles centenarios, nogal de montes que ya no existen como antes. Son piezas que guardan en sus vetas la historia de oficios que desaparecieron, de manos que sabían escuchar la materia prima y darle forma sin prisas.
Y sin embargo, cada año, algunos de estos muebles terminan en las hogueras de Sant Joan. Muebles con alma, con memoria, con herencia, quemados junto a palés rotos y melamina desportillada.
Pienso en la mesa de comedor de mi infancia, donde aprendí a escribir. Tenía las esquinas redondeadas por el roce constante de los cuerpos, por los juegos de mis primos, por los años de conversaciones familiares. Esa mesa sabía cosas. Como lo sabía aquel aparador que ahora arde en la playa, el mismo donde seguramente una vez se guardaron las copas buenas, los manteles bordados, las cartas de amor olvidadas.
Pero vivimos en tiempos rápidos, donde lo que no es «moderno» estorba. En muchas casas, estos muebles viejos son reemplazados por estanterías planas, sin historia, hechas para durar apenas unos años, todas iguales. Son muebles de usar y tirar. No tienen cicatrices ni carácter. Y cuando se rompen, nadie los repara: se tiran, se olvidan.
Tal vez la magia de Sant Joan no debería ser la destrucción sin filtro, sino la transformación consciente. Quizá deberíamos rescatar, restaurar, reinterpretar. Dar segundas vidas. Porque cuando quemamos un mueble antiguo no solo estamos quemando madera: estamos reduciendo a cenizas una parte del patrimonio material e incluso natural. Y eso es algo que no se recupera con una compra en línea.
Deberíamos mirar esos muebles con otros ojos. No como trastos viejos, sino como herederos de una historia. Porque sí, una noche de fuego puede ser mágica. Pero hay cosas que no deberían arder nunca.
No por viejas, sino por valiosas.
Y tú, antes de la próxima hoguera… te has preguntado qué historia estás a punto de quemar?