«Mi abuelito tenía un reloj de pared….» resonaba por la estancia el sonido de aquel hilo musical… «Spanish Hot Jazz & Swing» ponía el disco del quinteto Hot Saratoga que giraba una y otra vez en el gramófono del abuelo. Era un ritmo alegre de swing, movido que te daban ganas de bailar.
A mi abuelo le gustaba mucho ese estilo musical, o eso parecía a juzgar por la insistencia con que repetía el repertorio un sinfin de veces. Al final se hacía parte del ambiente, allí de fondo, en un volumen lo suficientemente alto para poder escucharlo y lo suficientmente bajo para poder conversar. Y entre frase y frase musical oía el sonido característico de los discos al girar en el gramófono, ese ruidillo borroso como si sintiese hervir un cazo con agua de fondo. Un ruido imperceptible para los amantes de la música que podían permitirse el lujo de tener un Pathèphone no. 14 de manivela como el de mi abuelo.
El gramófono llegó a casa un día de manos del bisabuelo como regalo del 15 aniversario de mi abuelo. Ya eres un hombre, me contó que le dijo y junto con el gramófono venía un disco de jazz… EL disco de jazz. A partir de ese momento conoció mi abuelo la vida desde otro punto de vista: el de aquellos que aman la música y gozan de su compañía en cualquier momento. El de aquellos cuya vida tiene siempre, un ritmo y una banda sonora.
Fue tanta su alegría y tantas las satisfacciones que aquel aparato le proporcionó, que quiso saber más, y aprendió de su funcionamiento, sobre cómo repararlo y cómo hacer que sonara mejor. Con el pasar de los años, los arreglos se hacían más costosos y complicados y mi padre, que llevaba toda su vida escuchando aquel viejo gramófono girar, regaló a mi abuelo un tocadiscos moderno, eléctrico y varios discos de jazz.
Yo era pequeño, pero al ver llegar aquel regalo me emocioné! Era super chulo! -«Abuelo, has visto?!» Le decía insistentemente pero su cara no reflejaba la misma emoción que la mía, podía ver, de hecho, cierta tristeza que no entendía. Y un par de semanas más tarde, cuando volvimos a visitarle, se escuchaba como hilo musical aquel ritmo de swing acompañado de su inseparable sonido de fondo…»shhh-sh-sh-sh».
Así continuó la vida en casa del abuelo, con su gramola y su swing hasta que un día, al cumplir mi abuelo 90 años, el aparato dejó de funcionar y ya no hubo arreglos que le devolvieran su alegría, y ya no hubo swing del que el abuelo oía y tal y como decía aquella canción que sonaba sin parar en el gramófono … mi abuelito, de pena, murió».
Esta tarde subí al desván con mi hijo mayor y de pronto escuché su voz gritar «papá, papá! Mira que chulo!!» mientras señalaba una esquina del desván. Por la oscuridad del lugar era difícil distinguir aquél objeto cubierto de polvo; de pronto, lo sacude un poco y me dice: «mira, un tocadiscos antiguo» y allí, justo al lado estaba el disco del quinteto Hot Saratoga. Lo rescatamos, lo desempolvamos bien y de repente pude escuchar la banda sonora de la vida de mi abuelo bailando en mi cabeza.
Tierno! Si nos paráramos a pensar todo lo que nuestros muebles viejos han visto…
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