Este domingo toca coser… estaremos un rato frente a la ventana que me da la luz necesaria para ver el tornasol de mi vestido dorado. Antonia no me dice nada, pero yo lo se. Soy la predilecta: Altura perfecta, respaldo lo suficientemente inclinado para acomodarse cuando necesita descansar, muelles perfectamente distribuidos, brazos ergonómicos y mi resplandor… nadie pasa por mi lado sin mirarme, imposible pasar desapercibida.
Los días pasan en el pueblo de forma constante, monótona. Parece que no pase nada, en cambio, mi Antonia no para. La escucho en los fogones, preparando la leña. Puedo oler el humo; luego en el lavadero, rascando las ropas -«ras,ras,ras» y escucho el agua caer mientras salpica. Siento sus pasos pesados de aquí para allá, lleva y trae. De repente, un agradable olor inunda toda la casa! Un olor profundo a caldo y a hierbas frescas que anuncian la llegada del mediodia.
José debe estar a punto de llegar. No falla. Es oler que está la comida preparada y… «Criic, cloc» ahí está! Como un reloj! Desde aquí arriba distingo los olores y escucho sus conversaciones:
«Ay José, cómo vas! «
«Qué quieres Antonia, si me estoy to el día en lo de las ovejas».
«Trae acá la camisa que te la zurza un poco!»
Lo escucho y me pongo alerta… hoy viene Antonia.. hoy viene!! Aviso al costurero que también les ha escuchado y diligentemente organiza hilos y agujas para que cuando llegue, esté todo a punto.
Así fue. Se acercó camisa en mano con cierta prisa mientras tomaba el último sorbo de una pequeña taza de café que colocó luego en un ladito de mi brazo derecho. Escuchaba como José refunfuñaba desde abajo, se le hacía tarde! Antonia cosía todo lo rápido que podía. Nunca habría dejado que su marido fuese por el pueblo con la camisa agujereada. «Para eso tenía una mujer como tenía que ser» pensaba para sus adentros.
Con las prisas y al levantarse, volcó la taza sobre mi asiento y mi vestido quedó hecho un desastre. Adiós al dorado, adiós a mi elegancia. Minutos más tarde escuché la puerta cerrar detrás de José y vi regresar a mi Antonia, apesadumbrada. Intentó quitar la mancha con un trapo y con cepillo pero fue a peor. Los delicados hilos de la tela comenzaron a romperse poco a poco y ya no había mancha… sólo un agujero enorme en todo el centro.
Una visita inesperada entraba por la puerta esa misma tarde. Un señor de vientre hinchado se acercó a mi, comenzó a tomar medidas y a hablar con Antonia de colores y sacó un muestrario de telas… no, eso no! Intentaba convencerla de elegir una tela plástica. «Doña Antonia, que así es mejor, que así le durará pa siempre y ya le pueden caer los cafés y los vinos que quiera, que eso no se mancha». No puede ser…
Y si, fue. A partir de ese día en lugar de una vestido llevé un corsé de plástico que me picaba… al menos la Antonia había elegido unos detalles de flores bonitas para decorarlo, que sabía que en cuanto me acostumbrara a las dureces, se vería bien. A pesar de todo, seguí siendo la butaca de costura… la cómoda y la querida de mi señora. Así estuve años compartiendo momentos de luz, mirando nevar a través del cristal, oliendo sus guisos y escuchando sus conversaciones pero cada vez más se quejaba de que no veía bien y se le hacía cuesta arriba insertar el hilo en la aguja. Cosía menos, subía menos… y un día escuché a sus hijos convencerla de que era el momento de dejar el pueblo y las ovejas y de irse a la ciudad donde ellos podrían cuidarles.
Pronto comenzaron a pasar inviernos enteros en silencio. De vez en cuando escuchaba voces entrar y salir de casa pero no las reconocía y desde luego, ninguna tenía intención de venir a coser… o a verme siquiera. El tiempo dejó de tener medida y el corsé acabó por protegerme del frío y de la soledad. A veces pienso que me cubrió tan y tan bien que dejé de ser visible.
Una tarde recuerdo que las voces se hacían cada vez más audibles y persistentes. Alguien estaba allí para quedarse… un día? dos? Quizás me vean… se me hizo un nudo en el estómago y la luz del sol comenzó a brillar con fuerza iluminándome por completo. Y me viste… jeje. Me VISTE.