Yo era una joven esbelta que atraía las miradas de todo aquel que pasaba por mi lado.
Mis patas largas y estilizadas parecían las de una modelo de pasarela zigzagueando a cada paso con un movimiento estático que recordaba la danza de unas ramas al viento.
Las líneas de mi cuerpo casi perfectas dibujaban mi forma y mostraban mi personalidad fuerte, marcando mi elegancia.
Mi primer contacto con la abuela Lola fue un flechazo. Me vio y se enamoró. “¡Es perfecta!” –decía una y otra vez. Y así comenzó para mí una vida llena de alegrías.
Nada más llegar a su hogar, me colocó en el sitio más visible de todos. La entrada.
Recibí cantidad de elogios provenientes de todo el que pasó por allí. “Lola, que mesa tan bonita tienes aquí”. – “Lola que preciosidad de mesa”. – “Ay Lola, qué belleza, te queda que ni hecha expresamente para ti”. Y mi Lola, sonreía oronda, orgullosa de mí.
Era hermosa y sobre todo, era útil a la abuela quien solía dejar sus llaves en mí usando una pequeña bandeja que había habilitado para evitar hacerme algún rasguño.
A mi lado, el paragüero me informaba de los días de lluvia y recogía los excesos de humedad, siempre evitando que yo pudiera mojarme.
La abuela me quería. Me cuidaba tanto… cada día me quitaba el polvo y de vez en cuando, suavemente me limpiaba con un aceite suave que me mantenía hidratada.
Yo era feliz.
Un día, la abuela Lola dejó de sentirse bien, y ya no podía limpiarnos a menudo… nunca más sentí ese olor hidratante en mí. Cesaron las visitas y con ellas, los elogios. Todo se volvió solitario, sombrío, triste. Unos meses más tarde, dejé de escuchar su voz.
Al poco tiempo, vinieron a ver la casa unos jóvenes y les oí preguntar si podrían deshacerse de esa mesita de la entrada que les parecía muy anticuada. “Anticuada, ¿yo…?” pensé. Y en un abrir y cerrar de ojos me vi en un lugar oscuro, lleno de humedad junto a otros muebles olvidados. Allí volví a ver al paragüero que no paraba de llorar y fueron sus lágrimas las que se metieron en mis surcos y dañaron mi madera. Luego vinieron esos bichitos, que entraban por mis uniones y me comían por dentro. ¡Fue horrible! Así pasaron años y muebles apilados encima de mí y cuando ya no me quedaba vida y mi cuerpo había cedido a todas las presiones externas, me sacaron de allí y me dejaron sola, abandonada entre dos contenedores, a la intemperie, como un deshecho más. Lloré amargamente durante toda una noche y a la mañana siguiente… ¡viniste tú! En principio, pensé que me llevarías contigo, pero me ignoraste y me vi, y entendí que con lo fea que estaba, nadie me iba a querer nunca más.
La sorpresa llegó después, cuando, habiéndolo dado todo por perdido, llegaste de vuelta y me trajiste contigo!! … y llegaron las curas y volvieron los mimos, y hoy recibo nuevamente esa loción hidratante que me hace sentir joven, hermosa y útil otra vez.
Muy chulo el cuento (o es historia?). Me identifiqué con la mesa, sentí su alegría y bienestar y su dolor.
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