Hace unas semanas salí de casa para ir a la compra habitual, por el camino habitual… y allí estaba, entre dos contenedores de basura.
Me miró de soslayo mientras pasaba y a pesar de querer ignorarla y pasar por su lado como si no estuviera, me fue imposible. Me detuve y la miré. Escuché su silencio. Un silencio triste que parecía pedir a gritos que le llevara conmigo. Lo pensé unos segundos pero descarté la idea casi de inmediato. «¿Qué haría con ella?», me dije para mis adentros y seguí mi camino.
La idea de dejarla allí me pareció descabellada así que me propuse que, si al regresar continuaba allí, sería una señal. No salió de mi mente en todo el camino pero hice mis compras y de vuelta en casa la vi. Seguía allí como esperando mi regreso. Esta vez no pude ignorarla. Dejé la compra en casa y bajé a buscar esa preciosa mesa de recibidor que algún vecino abandonó, el día de recogida de muebles, a su suerte… o a la mía.
Una vez en casa, sentí la alegría de un niño con juguete nuevo. La miré, observé sus daños y sus años y me propuse darle una nueva vida. Rápidamente la limpié, desinfecté y le busqué un lugar desde donde espero me acompañe durante muchos años.
Tras unos días en cuarentena (ya se sabe que ahora está de moda) por todo el tema de desinfección, volví a verle. Parecía feliz… ya no le picaba nada y comenzaba a despertar. Intuí que bajo un barniz amarillento por el paso del tiempo, debía haber una madera fuerte que, a medida que fui desnudando, pude descubrir llena de cicatrices e imperfecciones que la hacían aún más hermosa a mis ojos.
Los días transcurrían y nos veíamos unas horas cada día y mientras yo la restauraba, ella me contaba historias de su vida anterior, de cuando vivía en la otra casa. A partir de entonces, entendí que ellos también necesitan ser escuchados y que tienen mucho que aportar así que decidí ponerles voz a través de este blog: «Vida de Mueble»
Espero que os gusten sus historias tanto como a mí.